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La preocupación. Una palabra que usamos en nuestra día a día. ¿Quién puede decir que no está preocupado ante lo que tenemos o no tenemos por delante?. ¿Quién puede decir que no tiene ninguna preocupación? Absolutamente nadie en el mundo.
Cada uno de nosotros arrastramos incertidumbres que nos quitan la paz. Arrastramos problemas que no nos dejan dormir. Arrastramos heridas emocionales que se niegan a sanar. Arrastramos malas relaciones por tiempo y tiempo sin que nada cambie. Arrastramos infinidad de agujeros negros que no logramos llenar o que nos absorven y nos llevan a un lugar de oscuridad y miedo.
Este es nuestro día a día lo admitamos o no, lo queramos ver o no, lo queramos enfrentar o no, la vida se compone de preocupaciones y de decisiones.
Desde que te levantas hasta que te acuestas y una hora tras otra, debes enfrentar escollos, pequeños o grandes, pero al final escollos que te marcan la piel. Y siempre tienes que tomar una decisión ante ese escollo.
La Biblia nos habla claramente de que la preocupación, es decir, el afán desmedido por los problemas que trae la vida, no sirve de nada. Claro, que tienes que ocuparte de ellos, pero eso, ocuparte, no preocuparte. Hay una diferencia muy grande entre las dos palabras, entre las dos decisiones. La preocupación te lleva a un camino que no lleva a ninguna parte, mientras que la ocupación desarrolla la solución a ese problema.
Ahora bien, qué fácil es decirlo ¿verdad? La teoría suena tan bién, pero qué pasa con la práctica, ¿cómo hago esto? Pues la salida es poner nuestra confianza en JESÚS. No es fácil y requiere mucho entrenamiento, pero los que amamos a JESÚS tenemos la certeza de que la paz que el SEÑOR te da en medio de los problemas, ahuyenta la preocupación, ya que Él toma el control sobre esos escollos.
Por tanto, la decisión es tuya, no pudes evitar los problemas en tu vida, pero sí la preocupación por ellos, poniendo tu confianza en el Dios de paz.

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