jueves, 2 de abril de 2026




Se cuenta de un siervo que debía 10.000 talentos al rey de su país. El rey lo llamó a cuentas.

Cuando este siervo llegó al encuentro con el rey, ya había perdido toda esperanza de vida. El rey lo metería en la cárcel a él y a su familia y mientras viviesen serían torturados como castigo por no poder devolver la deuda. Estas eran las leyes reales. 

 El siervo le pidió paciencia al rey para poder saldar su deuda.

Ahora, si consideramos que un talento eran 6.000 denarios y que un hombre promedio ganaba 6 denarios a la semana, aún si no gastaba absolutamente nada, este hombre necesitaría 200 años para pagar su deuda. ¡Imposible! Este siervo estaba atado a su deuda de por vida. Estaba maldito ya, antes de entrar a ver al rey.

Por tanto, pedir paciencia al rey era un insulto a su inteligencia, el rey sabía perfectamente que este siervo jamás podría cancelar su deuda, le esperaba la cárcel para él y su familia y todas sus pertenencias pasarían a las arcas del reino.

Pero contra todo pronóstico, el rey, usando de misericordia, le perdonó la totalidad de la deuda. 

El mismo rey asumió la deuda contraída contra su reino. 

¿Podría estar este siervo más agradecido a su rey por este acto de bondad y misericordia? ¿Podía sentirse más libre cuando salió a la calle? La maldición de su deuda había sido borrada de un plumazo, ahora podía vivir en libertad, sin tener que cargar con la atadura de la deuda.

Pues esta es una historia que refleja, claramente la nuestra. Y te preguntarás: ¿Qué tengo yo que ver con este siervo? 

Pues la historia de cada ser humano es la misma frente a Dios. Dios es el rey de la historia, cada uno de nosotros, el siervo. Nosotros tenemos una deuda de pecado contra Dios, porque nadie es lo suficientemente bueno para cumplir las normas de Dios. Somos esclavos de nuestra maldad, estamos atados a ella y merecemos la condenación eterna. 

Es imposible poder salvarnos de la carga de pecado por nosotros mismos, merecemos la muerte. 

Pero Dios se hizo cargo de nuestra deuda. Dios viendo la imposibilidad del ser humano de salvarse por él mismo, envió a su propio Hijo JESÚS, para asumir la condenación que cada uno de nosotros merecíamos. JESÚS al morir en la cruz pagó nuestra deuda contraída con su Padre Dios y mediante la fe en Él podemos ser libres de la condenación eterna. ¡Tan grande es la misericordia de Dios por nosotros, Su amor es inexplicable!

Esa es la verdadera razón por la que, como cristianos, celebramos la semana santa, JESÚS, murió en mi lugar para darme vida eterna, Él cargó con mis pecados y por la fe en Él puedo ser libre de mi pecado y tener vida eterna.

¿Por qué? Porque JESÚS resucitó, sí, Él no quedó en la cruz, resucitó con poder y ahora está sentado al lado de su Padre Dios porque venció al pecado, a la muerte y al propio diablo, quien ya no tiene autoridad sobre nosotros, quienes hemos creído en la muerte de JESÚS en la cruz por nosotros.

Por tanto, celebramos el amor de Dios por nosotros, celebramos la cruz, celebramos la resurrección de JESÚS, porque Él triunfó sobre la muerte y nos liberó de la esclavitud del pecado.

¿Comprendes el amor de Dios por ti? ¿Quieres tú también ser libre? 

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